Hugo Molina llegó este año como profesor de música a nuestro colegio. Lleva más de una década enseñando y, en paralelo, trabaja como vocal coach. Fue también este año cuando decidió postular al Global Teacher Prize Chile 2026, el reconocimiento que organiza Elige Educar y que a nivel internacional se conoce como el «Nobel de la Enseñanza». Tras avanzar por cada etapa del proceso, quedó entre los 27 semifinalistas de esta versión, un grupo que reúne a docentes de ocho regiones y que se definió tras más de cinco mil postulaciones a nivel nacional.
Llegar hasta acá no fue casualidad. El proceso incluyó una etapa de reflexión sobre su práctica en una plataforma y la grabación de parte de una de sus clases, respaldada con testimonios de estudiantes y del equipo del colegio. A comienzos de septiembre recibió el correo de Elige Educar que confirmaba su paso a semifinales, en la categoría Educación Musical. Lo tomó con alegría y también con reserva: prefirió mantenerse bajo perfil hasta que la noticia ya circulaba por sí sola.
Detrás de la postulación hay una convicción que repite sin titubear: la música es un derecho y no un privilegio reservado a unos pocos talentosos. Esa idea ordena su manera de enseñar y recorre toda esta conversación. Los finalistas se conocerán el 29 de septiembre. Mientras tanto, Molina insiste en que haber llegado hasta acá ya es, para él, un regalo.
¿Cómo recibiste la noticia de que quedabas entre los semifinalistas?
«Fue emocionante. No pensé que iba a llegar hasta acá, no porque no me sienta capaz, sino porque no era lo que estaba esperando. Inicialmente lo hice para probar y dar a conocer quién soy yo como profesional, pero casi un poco sin esperar nada a cambio. Me siento contento y satisfecho con esto. No es que con esto me retire: todo de aquí en adelante es un regalo para mí. Verme entre los seleccionados de todo Chile me hizo pensar que algo debo estar haciendo bien. La noticia me la tomé con mucha alegría y con reserva, no quería que muchos supieran, no quería generar mayores expectativas. A mí me gusta comunicar, pero en este caso me mantuve bajo perfil. Justo una excolega me mandó la publicación en la que había salido yo, no la había visto, y ahí dije: «lo hago público». Fue súper rico recibir estas felicitaciones».
¿Cómo fue tu propia historia con la música siendo estudiante?
«Nunca tuve una clase de música con algún especialista. En mis tiempos el profesor generalista daba la asignatura con las herramientas que tenía, pero justo no me tocó tener la clase con flauta o lo que se enseñaba en esos años. Siempre fue una clase de cantar canciones que nos gustaran. Vengo de una familia musical, y obviamente mis demás compañeros no lograban desarrollarse en la música porque no había alguien que desarrollara eso en ellos. Muchos se quedaron con que eran desafinados, que tenían mal oído, que nacieron así. Cuando yo hablo de democratizar no hablo de recursos. La barrera que me he encontrado es el estigma. Yo creo que todos pueden desarrollar la capacidad musical: obviamente a algunos se les da por naturaleza, pero la música es un lenguaje, y como cuando enseñamos la lectoescritura, en la música también se puede desarrollar».
¿Llegaste primero a la música o primero a la docencia?
«La música fue mi primera alternativa desde pequeño. Vengo de familia musical por ambos lados, crecí en un ambiente musical donde antes de comer orábamos cantando con mis tíos y mis primos. Nos juntábamos a guitarrear con toda mi familia. Yo dije: quiero ser músico, me encanta la música y me encanta cantar. Me di cuenta de que esa era mi área. Estudié canto en la Universidad de Las Américas, en la facultad de arte se estaban abriendo las carreras de canto popular. A la mitad me di cuenta de que me gustaba enseñar canto, empecé a hacer clases y me empezó a gustar enseñar. Terminé la carrera sin pensar en lo pedagógico, no estaba en mi retina trabajar en un colegio. Estaba trabajando en una academia de Peñaflor y escriben desde un colegio porque necesitaban un profesor urgente. Entré a probar desde una perspectiva distinta: en la academia hay treinta personas a las que les gusta la música, y en el colegio quizás solo a cinco, y hay que encantar a los demás. Me encantó la experiencia, la recepción de los niños. El director de ese entonces me insta a estudiar pedagogía, me empecé a meter más en el tema de la educación, me dio hambre el tema del aprendizaje. La pedagogía me encontró. La música siempre ha estado en mí, y hoy hago dos cosas que me gustan mucho».
Tu frase habla de la música como derecho y no como privilegio de unos pocos talentosos. ¿De dónde nace esa convicción?
«Ha sido una experiencia vivida en los diferentes contextos en los que he estado. Me he encontrado con gente que ha pensado que no puede estar en la música o desarrollarse por distintos estigmas que han vivido, ya sea por un profesor que no los acompañó de la forma adecuada. En paralelo hago vocal coach, ahí diferentes personas prueban porque tenían una espinita de mejorar algo, y yo soy de los profesores que creen que todos pueden cantar: si puedes hablar, puedes cantar. Me he encontrado con personas que la primera sesión llegaban desafinadas, desentonadas, y acorde a lo que necesitan hemos logrado resultados. He hecho este vínculo de qué pasaría si en la etapa escolar hiciéramos lo mismo: si cantamos una canción con todo el curso, pongo mi oído en quienes tienen dificultades y les hago correcciones chiquititas, seguramente de grandes podrán mejorar su oído musical y su voz. Insisto en que no se van a volver cantantes todos, pero sí van a tener lenguaje musical. En distintos contextos veía que había gente con pena que decía «me hubiese encantado tener una buena clase de música o un buen profe», y pensar en ser ese profe que muchos no tuvieron hace que muchos tengan el acceso; pero no solo de recurso, puede haber recursos pero puede que el talento esté enterrado aún, o dormido».
¿Qué le dices al estudiante que llega diciendo «yo no tengo oído»?
«Trabajo mucho desde la expectativa positiva. Siempre trato de decirle a los estudiantes que a lo mejor eso no está hoy, pero que podemos reforzar un poco más y lo vas a lograr. Siempre les hablo desde lo que se va a poder lograr: quizás no naciste afinado, pero trato de enfocarme en que vas a lograrlo en algún momento. Les digo, por ejemplo: «Joaquín, hoy esto no nos está sonando al cien, pero si practicamos esto y esto otro…». Trato de ser concreto en qué tenemos que hacer para lograrlo: si reforzamos tres veces, seguramente la próxima clase estarás mejor. No una respuesta tan volátil, porque finalmente dejaría a la persona donde mismo. El oído musical, la voz, para mí es como la persona que va al gimnasio y quiere entrenar su cuerpo: si estoy en mi casa y digo «me gustaría estar un poco mejor», así me voy a quedar siempre. Pero si me pongo en manos de un entrenador que me dice cuatro repeticiones de esto, sin duda hay resultados; eso dependerá de la disciplina y la condición física. Lo mismo pasa con los estudiantes: me veo como un entrenador, debo decir algo concreto, necesitamos escuchar cinco veces eso, necesitamos cantar tantas veces».
Cuéntame una clase concreta donde hayas visto ese «democratizar» volverse real.
«Lo he podido ver desde la distancia, en videos que de repente aparecen en las redes sociales. Hay una experiencia de un tipo que está dando una charla y va a lo concreto, porque si solo explicas no hay insight. Se llama Bobby McFerrin. Explica un concepto, se para adelante y hace que toda la gente cante una nota; después empieza a saltar simulando el piano y la gente empieza a responder a eso, el cerebro y el oído solos empiezan a agarrar ese training. Cuando hacemos que la música se vuelva un juego, la gente responde y tiene acceso. Una de las experiencias fue también en los coros: la gente dice que viene probándose, y aunque no tenga voz de cantante, entona porque se acopla con el grupo. Hay gente que tiene vergüenza de su voz o de descubrirla, y esas barreras van bajando. Ahora una muestra es el coro de adultos que estamos haciendo en el colegio, que están logrando cantar como coro».
Llegaste este año al colegio. ¿Qué encontraste acá que conversa con tu manera de entender la música?
«Siento que el colegio está muy abierto a las manifestaciones artísticas, hay espacio para eso. Segundo, que hay bastante promoción, no es algo que muera solo en la sala; se busca generar espacios desde el departamento de arte. También la autonomía para tus metodologías de enseñanza. Siento que todavía estamos en construcción de generar esta visión musical, sumado a que el colegio está en construcción curricular con la REI, con la nueva propuesta, y un poco he tratado de sembrar esa semilla. Creo que en los niveles donde estoy trabajando puedo plantar esto para que en un futuro elijan la música porque quieren y no porque es un talento solamente. Eso ha sido de la mano con Juan Pablo Díaz, el otro profesor de música: hemos encajado muy bien los dos, tenemos la misma escuela de trabajo y hemos tratado de ir diseñando esto. Los preparo para que, cuando él los tome, vengan con el lenguaje musical básico para desarrollarse».
¿Hay algo del sello del colegio que sientas cercano a lo que buscas con la música?
«Sí. Cuando vine a la entrevista, antes estudié cómo era el colegio, cuál era su visión. Algo que me llamó la atención tenía que ver con el servicio, con esto del amar y servir. Siempre he sentido que como profesor estoy al servicio, para ayudar a otros. Y acotado a lo musical, siento que para mí la forma de servir es ayudando a los estudiantes a que su experiencia musical sea la mejor que tengan, algo grato, no frustrante. Que muchos que pensaban que no tenían talento musical se den cuenta de que lo tienen y que muchos que quieran indagar lo hagan con convicción, con seguridad, porque sientan que pueden hacerlo. Es un lindo espacio acá en el colegio para desarrollarse en ese ámbito, conecto mucho con eso».
El 29 de septiembre se conocen los finalistas. ¿Cómo estás viviendo esta espera?
«Me siento un poco ansioso, todas estas cosas generan ansiedad. Pero también me siento en paz y tranquilo: si no pasara a la siguiente etapa no estaría frustrado. Para mí, el hecho de llegar hasta acá ya es un gran triunfo y logro. Lo que sí me generó un poco de ansiedad es conocer a mis contrincantes; de los de mi categoría ubicaba a dos, que son profes que yo admiro. Quizás mi impacto es más silencioso o diferente, pero me siento en paz y tranquilo, siento que lo que he logrado hasta ahora es muy gratificante. Cuando llegue el 29 voy a estar ansioso esperando los resultados, obviamente, pero no estoy pensando todo el rato en esto. Sumado a que además ocurrió el tema de la gala folclórica, ha sido vivir estas dos efervescencias paralelamente».
¿Qué te gustaría que un estudiante recuerde de tu clase dentro de 20 años?
«Me gustaría que diga: ‘En la clase del profesor Hugo aprendí a cantar, a descubrir mi voz, a tocar el metalófono, a identificar notas’. Que, haya estudiado lo que haya estudiado, vea un piano y se acuerde de que en la clase tocaba algo, que lo lleve como un sello en su mente».
Hugo llegó este año a las salas de música del colegio con una convicción bajo el brazo: que nadie sobra a la hora de cantar. El 29 de septiembre sabrá si continúa en carrera. Sea cual sea el desenlace, como comunidad lo acompañamos y nos sumamos al reconocimiento de un profesor que cree, con todas sus letras, que la música es para todos y todas.