Durante el año académico 2024-2025, nuestra comunidad educativa se enriqueció con la presencia de Quirin, un joven estudiante suizo que se unió a nuestra generación de cuartos medios 2025. Su estadía fue un valioso viaje de intercambio cultural, posible gracias a la colaboración de AFS Osorno, organización presidida en la zona por nuestra apoderada Daniela Aros, y el compromiso de nuestro establecimiento para fomentar lazos globales.
Para conocer el impacto de esta vivencia, conversamos con él y Daniela, sobre su paso por Chile y nuestro colegio.
La mirada de Quirin: un año en Chile
Para Quirin, la experiencia también fue un descubrimiento. Nos contó que, aunque eligió Chile «por su paisaje», lo que realmente lo impactó fue la realidad que encontró en nuestro establecimiento, muy distinta a la de Suiza.
Al preguntarle qué fue lo más sorprendente de su día a día escolar, lo resume en «el ambiente». Explicó que, si bien la vida escolar en su país es muy rigurosa, sintió que allá «falta la vibra que hay aquí». Destacó la calidez en el trato y la energía social que encontró en los recreos y actividades, una dinámica que percibió como más cercana y expresiva.
Esa misma energía la vivió intensamente en la Semana Sanmateína (ASM), uno de sus recuerdos más divertidos. Nos compartió que, justo al inicio de su estadía y sin saber casi nada de español, fue elegido rey y se atrevió con un trabalenguas. «Estaba súper nervioso, pero me resultó bien y creo que me va a quedar en la memoria por harto rato», recordó con humor.
Más allá de lo académico, donde destacó el desafío de aprender la historia de Chile, Quirin siente que el mayor aprendizaje fue personal. Expresó que la experiencia le permitió conocerse más a sí mismo y entender «cómo funciona» en situaciones nuevas. En esta línea, también resaltó el sello de nuestro proyecto educativo: «Los valores del colegio me impactaron, porque muestra un lado de la sociedad que muchos colegios no te muestran».
Siente que esta vivencia lo ha preparado para el futuro, dándole más autonomía, seguridad en sí mismo y menos miedo para enfrentar «cosas grandes o nuevas». Se lleva grandes recuerdos de su familia anfitriona, a quienes describió como muy amorosos, de los amigos que hizo y de la calidez del país.
Su mensaje final para la comunidad es de total agradecimiento: «Muchísimas gracias porque lo pasé muy bien, me acogieron muy bien y por todos lo que hicieron esto posible».
La visión de la familia anfitriona
Esta vivencia fue posible gracias al compromiso de la familia de Daniela Aros, nuestra apoderada. Para ellos, la experiencia fue más allá de un simple hospedaje; fue, en sus palabras, «maravillosa».
Daniela comparte con emoción que la llegada de Quirin, un joven al que describe con grandes cualidades, responsable y culto, fue fluida y sin dificultades. Relata cómo el lazo que formaron fue tan profundo que se convirtió, simplemente, en un miembro más de la familia.
“Él se integró a nuestra familia de una manera maravillosa, fue parte de nosotros y sigue siendo parte», nos cuenta. «Logramos tener un hijo adolescente que era suizo, nada más. […] En ningún momento fue un invitado en nuestro hogar, solo se transformó en un hijo que vamos a tener toda la vida, solo que ahora está lejos”.
Este intercambio no solo impactó a Quirin, sino que transformó la dinámica del hogar. Daniela explica que convivir con un joven de otra cultura les ayudó como familia a fomentar activamente la tolerancia, la paciencia y la empatía, habilidades que considera un legado invaluable para sus propios hijos.
Destaca también el beneficio de la inmersión lingüística. Tener en casa a un joven que maneja varios idiomas desafió a todos en el hogar a crecer, a aprender a comunicarse y a superar las barreras iniciales del idioma, un proceso que, asegura, les ayudó a crecer muchísimo.
Basada en su experiencia, Daniela extiende una invitación a la comunidad a atreverse a ser familias anfitrionas. Menciona que los beneficios son múltiples, partiendo por el evidente enriquecimiento cultural que amplía la visión del mundo de todos los y las integrantes del hogar.
Pero también destaca un beneficio más profundo: la oportunidad de compartir la propia cultura y, en ese proceso, volver a valorarla.
“Aprendimos a valorar el sector y la región donde vivimos. Mostrarle a un extranjero lugares de nuestra zona como el volcán Osorno o el lago Llanquihue, es maravilloso, porque te enseña a verlo desde otra perspectiva, a valorar esas cosas que uno las toma por dadas”.
Agradecemos a Quirin por la huella que dejó en nuestros pasillos y aulas, y a la familia Bustos Aros por su generosidad y por abrir las puertas de su hogar. Experiencias como esta reafirman el valor de una educación que abre puertas al mundo.









